Las circunstancias de la adolescencia

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Si echamos la mirada atrás, hacia nuestra adolescencia, todos recordaremos nuestras primeras salidas con los amigos de fin de semana, las estrategias que usábamos para ver a hurtadillas la televisión, el verano que nos marcó en nuestra vida o quizás el primer amor platónico que perduró largamente en nuestro corazón. Sin duda, experiencias grabadas a fuego ya imposibles de borrar, aunque las evoquemos con nostalgia y cierta añoranza. No obstante, preocupémonos si cantamos como Karina “…cualquier tiempo pasado fue realmente mejor…”.

Pero también recordaremos de nuestra adolescencia, con más profundidad la vivencia de nuestro entorno familiar y sus circunstancias concretas: la abundancia de medios o su escasez, la alegría o el dolor, la serenidad o el trasiego… Estas circunstancias marcaron nuestra percepción de la realidad forjando así gran parte de nuestro carácter. Y es que, para un adolescente, la vivencia de su cotidianeidad familiar y el inicio de la apertura de su persona al mundo, impacta sobremanera sobre su ser y sobre la interpretación que hace del mismo. Para nosotros, no pasaron desapercibidos en estas edades si mudamos de ciudad, de colegio, si apareció la enfermedad o bien, la familia crecía. Tampoco pasaba desapercibido la reacción de nuestros mayores ante el boletín de notas o ante un suceso trágico o acontecimiento feliz.

Ahora como adultos nos puede parecer que nuestros hijos vivan al margen de los “problemas de los mayores”, alienados en los aparatos electrónicos, rendidos al deporte, o bien enfrascados en sus mundos de libros o aficiones variopintas. Sin duda no es así, solo que permanecen expectantes a nuestra actitud vital frente a las adversidades que la vida nos presenta. ¿Afrontamos los contratiempos o los esquivamos elegantemente? ¿Permanece el rencor o nos esforzamos en conseguir el perdón? ¿Anteponemos nuestros proyectos o cedemos por el bien del prójimo?  Este sí que será para ellos un verdadero aprendizaje, como fue en su día para nosotros.  Sobre este aprendizaje vital reposarán gran parte los conocimientos que adquieran en el colegio, tanto los de contenido académico como los éticos y morales.

Hace poco vimos una película en casa que particularmente me fascinó y que me ha hecho reflexionar acerca de lo escrito anteriormente. “El niño que domó el viento” (The Boy Who Harnessed the Wind, 2019) dirigida por Chiwetel Ejiofor, narra el caso real de un adolescente africano y su familia transcurrido en la República de Malaui en el año 2003. Más allá de los sucesos que se describen en el film, el director acierta en la atenta mirada del chico hacia sus padres y su hermana mayor. Parece que William no está preparado para comprender los “problemas de los adultos”, que suceden a lo largo de la historia. Pero es precisamente estas mismas adversidades, estas circunstancias familiares las que forjarán con determinación el carácter del chico y su voluntad inequívoca.

En menos tiempo del que pensamos, nuestros adolescentes empezarán a tomar las primeras decisiones importantes de su vida, fundamentalmente en base a lo recibido en casa, y en menor medida, en el colegio.  Estemos pues cerca de ellos dispuestos a escucharles.

Albert Giménez Sendiu – Jefe de estudios ESO

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