Historia del Arte

Esta asignatura no sólo se propone agrupar y resumir los conocimientos que constituyen lo que se llama de ordinario historia del arte. Querría también ayudar al conocimiento del arte mismo, de su naturaleza y de su función, del papel que desempeña y ha desempeñado en la vida del hombre.

Son muchos los que no ven en él más que un juego, una diversión; muchos los que no lo respetan más que por conformismo y con un secreto desprecio por su «inutilidad».

Sin embargo, el arte es una función esen­cial del hombre. El arte y el hombre son indisociables. No hay arte sin hombre, pero quizá tampoco hombre sin arte. Por él, se expresa el hombre más completa­mente, se comprende y se desenvuelve mejor. Por él, el mundo se hace más inteligible y accesible, más familiar. Es el medio de un perpetuo intercambio con lo que nos rodea, una especie de respira­ción del alma bastante parecida a la física, sin la que no puede pasar nuestro cuerpo. El ser aislado o la civilización que no llegan al arte están amenazados por una secreta asfixia espiritual, por una turbación moral.

Para comprender bien el papel del arte, no es inútil preguntarse lo que caracteriza al hombre, lo que lo distingue esencialmente del animal, lo que constituye su dignidad y su nobleza. El animal no siente en él más que impulsos más o menos imperiosos y los obedece; son sus instintos, sus apetitos, sus deseos, o bien los reflejos que su dueño le ha enseñado. Para él, actuar es soportar, soportar su propia naturaleza.

El hombre quiere algo más: no le basta con actuar, sino que quiere actuar «con conoci­miento de causa», como él mismo dice. Quiere conocer y juzgar los móviles de sus actos, la «razón» de las cosas y de los hechos que le rodean y que repercuten en él. De aquí ha salido, en el más amplio sentido de la palabra, la ciencia y muy especialmente la del pasado: la historia.

¿Pero de qué sirve conocer, si no es para actuar sobre lo que existe y sobre lo que existirá? ¿Forjar el presente y el porvenir? ¿De qué serviría adquirir este poder, si fuera sólo para entre­garlo al azar? Hay que saber, pues, lo que se quiere, elegir lo que se quiere. Pero elegir implica que se juzga lo que es bueno o lo que es malo, lo que es hermoso o lo que es feo. Así, a esta primera facultad propia del hombre, el conocimiento lúcido, se añade otra: el sentido de la calidad, el deseo de mejorar el mundo y de mejorarse. De un golpe se fundan a la vez la moral y el arte, la ética y la estética. Ambos dominios se tocan, incluso a veces se penetran mutuamente, al menos en su zona fronteriza, y hasta se ha llegado a confundirlos.

Pero si la moral manda sobre todo en nuestras acciones, el arte se aplica a nuestras creaciones. En los dos casos, es para conferirles esa calidad para lo que sólo el hombre tiene el don de concebir espontáneamente y de continuar lúcidamente.

Conocer lo que ha sido, lo que es y lo que puede ser; crear lo mejor: he aquí lo propio del hombre y su grandeza. Sin embargo, la historia del arte responde a esta doble vertiente del conocimiento y de la calidad. Por ella, aprende el hombre a penetrarse mejor, a saber lo que ha sido a lo largo de los siglos, tal como se ha reflejado en el testimonio directo, irrecusable y siempre vivo de sus obras;’ tal como es también en su naturaleza profunda y eterna, pues nada mejor que la obra de arte permite sondear la sensibilidad y el espíritu, las profundidades del hombre.

Pero la historia del arte es también para nosotros la mejor aproximación al ensueño que sitúa al hombre en la búsqueda de la calidad con el mismo título que en la del conocimiento. Aquélla se nota, pero no se define ni se explica. Sólo se le ha dado un nombre: se le llama, en arte, la belleza. Pero desde que hay artistas y pensadores, no se deja aprehender por las teorías. Basta con elevar cada una de éstas hasta una determinada calidad para que cree belleza. En cada lugar de la tierra y en cada momento del tiempo, toma un aspecto nuevo, a menudo imprevisto y desconcertante. La belleza, la calidad son pájaros de fuego, que se posan donde les apetece. No se dejan encerrar en ninguna jaula, pues si no languidecen y mueren.

Conocer mejor al hombre, pero además hacerlo sentir mejor y compartir su incesante persecución de la calidad, es el doble fin de esta asignatura. Con esto se ha querido marcar firmemente su propósito: no sucumbir a las curiosidades estériles que no abordan los hechos más que para precisarlos e inventariarlos, sino intentar profundizar a la vez el conocimiento del hombre por el del arte y el del arte por el del hombre, buscar en aquél la imagen que éste se ha formado de la vi­da, del mundo y sobre todo de esta calidad que los transfigura al elevarlos a la belleza.

Texto adaptado de René Huyghe: El Arte y el Hombre

   

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